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LA MUJER ONLINE - SALUD MENTAL Y ESPIRITUAL


Gracias a la colaboración de nuestra querida amiga y colaboradora la Dra. Roma Bettoni. podemos ofrecerles esta sección, aqui podreis conocer u poco la salud mental y espiritual para poder lograr un grado de aceptación y bienestar saludable. Si tienes algún artículos que enviarnos no dudes en hacerlo.

LA MUJER ONLINE - SALUD MENTAL Y ESPIRITUAL


¡MADRE HAY UNA SOLA!
Dra. Roma Bettoni

Siempre se escribe sobre la madre o el padre para fechas específicas, si bien al mismo tiempo se aclara que "el día de la madre es todos los días." Para afirmar esto precisamente es que hoy, tan lejos del día de la madre, quiero escribirte sobre ella.
Cada ser humano que puebla la faz de la Tierra representa un parto, inclusive los que nacieron por embarazos múltiples. Cada uno de ellos llegó a este mundo en un minuto distinto y en un esfuerzo diferente. Esto significa que detrás de cada ser viviente hay una nunca bien ponderada "madre".
Desde mis cincuenta años miro mi niñez como una etapa divertida donde no existieron traumas naturales o provocados que empañaran mi vida.


Hija de una familia media, mi madre trabajó desde que yo cumplí tres años, mi padre hacía lo mismo, por lo cual yo pasaba bastante tiempo con una tía adorable, sin hijos, para quien obviamente, yo era el retoño que ella había anhelado tener.
La formación era la típica de los años cincuenta, es decir moderadamente liberal, basada en sólidos principios morales que cada uno luego se encargaba de seguir o de olvidar cuando le convenía. Los estudios también los clásicos: uno o dos idiomas, algún instrumento musical, las labores de la casa que se iban aprendiendo según las habilidades y el deseo de cada una; la formación primaria, secundaria y en algunos casos la universitaria. El respeto por la familia, la reunión de la misma en toda fiesta tradicional civil o religiosa y el amor por todos los seres humanos era cosa de todos los días. Las malas palabras eran exabruptos que decían los maleducados y la conversación sobre temas sexuales algo impensable. El padre tenía sus tareas bien definidas, la madre también a las que tímidamente se iba sumando las tareas fuera del hogar. No todas las madres de la época trabajaban. Más bien eran las menos, lo cual convertía a aquella que lo hacía en una especie de mártir frente a algunos ojos y de mujer con aires de independiente en otros. Frente a los hijos pasaba lo mismo y ni qué decir frente a los hijos de las madres que no trabajaban y a éstas.
Yo, como dije antes, era una hija de madre trabajadora. Lo viví con mucha alegría y si bien estaba muchas horas sin su presencia, aprovechaba el tiempo para hacer actividades extracurriculares que luego me serían de gran utilidad. Por otra parte, me fui formando con la idea que la mujer debía estar en la casa solamente haciendo tareas del hogar en pocos casos y supe desde chica que yo no sería una de ellas.
Analizando, lejos en el tiempo y a mucha distancia, diría que me gustaba que mi madre trabajara: me daba gustos extras, me obligaba a disfrutar de su presencia, me enseñaba a manejar mejor los tiempos y me daba aliento para seguir estudiando a los efectos de ejercer una profesión. Comparando, también, con el montón de años que hay de por medio, diría hoy que prefería ver a mi madre cansada planchando mi túnica colegial que escuchar a la madre de mis amigas quejarse todo el día por estar encerradas y por las desconsideraciones de los esposos. Claro, que trabajar no te eximía de un marido desconsiderado, pero mi papá no era uno de ellos.
Recuerdo con enorme placer que una vez al mes mi madre disponía de dos horas libres dentro del horario laboral; ella las usaba, saliendo más temprano y ese día yo estaba de fiesta porque la veía esperándome a la salida del colegio. A los hijos de hoy día este recuerdo les puede parecer de la era paleolítica. No está tan lejos, sin embargo: es que ha pasado tanto en tan poco tiempo. Los avances de estos últimos años han sido tantos y tan variados que decir que me hacía feliz que mi madre me fuera a buscar a la escuela suena hasta cursi para la sensibilidad de hoy día.
La vida te va dando otros roles y vas pasando por diferentes estados de atadura, independencia, atadura, independencia...
Por estas latitudes no es tan fácil vivir sola e independiente cuando tus hormonas y tu inteligencia lo pedirían, porque motivos sociales o económicos te lo impiden, de manera que continúas en la casa de tus padres hasta que te casas, si es que lo haces. Sí, es verdad, por más aires de independencia que poseas no te resultará fácil abandonar el hogar paterno antes de la boda. En el mejor de los casos tu carácter fuerte lo podrás mostrar volviendo a dormir de madrugada o quedándote por allí alguna noche, pero tu base de operaciones sigue siendo la casa de tus padres. Las mujeres que quieren y pueden vivir solas son ahora tan escasas como las madres que trabajaban cuando yo era chica. Desde mi oído de amiga , de profesora de técnicas mentales o de Abogada escucho lamentos de mujeres veintiañeras con mucha necesidad de volar del hogar sin poder hacerlo. Claro que hay algunas que lo hacen, que sus medios económicos se lo permiten y hasta sus padres las alientan a vivir sus propias experiencias desde la independencia de su apartamento de solteras, pero te cuento un secreto: generalmente son las que más sufren, si es que alguna vez lo logran, para adaptarse a una vida compartida con un hombre y luego niños. El pasaje de la dependencia a la libertad y de ésta a la atadura de un hogar por más que sea el propio y al compromiso que todo esto trae como consecuencia no es tarea fácil de sobrellevar para la que ha conocido el sabor de vivir sola cuando lo necesitó.
Pero la finalidad de esta nota no es deprimirte sino todo lo contrario darte las fuerzas necesarias para que puedas saber que no eres la única con aires de independencia que debe quedarse donde está. Por otra parte, la intención tampoco es llegar solamente a las que no han cumplido todavía treinta años, sino poder abarcar a las que ya no cumplen más los cuarenta y más y pueden mostrar con orgullo su condición o a las que lo intentan con la idea fija de que nunca es tarde para aprender a vivir.
Mientras que te independizaste, te casaste, en algunos casos te divorciaste y te volviste a casar, tuviste hijos, cambiaste varias veces de empleo, estudiaste hasta decir basta; en una palabra "viviste tu vida", la presencia de tu madre se mantuvo imperturbable pero no inalterable. La vida de ella también ha ido cambiando: siguió casada con tu padre, en algunos casos se divorció, se volvió a casar, tuvo otros hijos, tuvo nietos, siguió trabajando, dejó de hacerlo, capaz que hasta enviudó, es decir fue envejeciendo y aquella mujer que te marcaba el paso y te daba aliento se va quedando con menos energía y necesita mucho más de ti. ¡Justo ahora que ya eras adulta, aunque joven y creías que no tendrías más obligaciones que las que tú misma buscaras!
Aquí es donde viene nuestra palabra de consuelo porque por más que en algunos momentos creas que se despiertan en ti instintos asesinos, por más que no puedas comprender cómo ni cuándo cambió todo, subyase en tu fuero más íntimo el agradecimiento a quien te dio tanto y aflora un toque de comprensión que debes mantener para no enloquecer.
Ten en cuenta que tu mamá como la mía crecieron y se formaron sin televisión, sin pantymedias, sin cuentas bancarias independientes ni chequera; en una época en la cual la computadora era impensable, las grandes salidas era ir a tomar el té con sus amigas y volver para cuando la nena viniera del colegio, las máquinas más sofisticadas se veían en las películas de ciencia ficción y en "Los Supersónicos" una tira cómica de los albores de la televisión. Fíjate que logró vivir sin microondas ni lavaplatos y ni siquiera tuvo secarropa: el único que conoció era el divino sol que le dejaba todo blanquito y con olor a limpio. Tu madre en los diarios leía que el hombre llegaba a la luna mientras que tú lees cuántas violaciones se producen por día. Tu madre cultivaba el arte de leer una buena novela y de escuchar la radio imaginando las escenas mientras que a ti te dan todo digerido. Ir al teatro era casi una gala que ameritaba ropa apropiada y tu vas con la ropa de oficina en el mejor de los casos, si no lo haces con zapatillas y jean. Ellas lograron vivir sin terapia de grupo, sin transplantes de corazón y sus hombres no usaban arito. Y no está mal. La época es distinta, sin dudas.
Tan distinta que a fumar se atrevían pocas mujeres, cosa que luego se generalizó y ahora, por suerte se va perdiendo nuevamente esa costumbre. Fíjate que eran mujeres que pensaban que para tener un hijo se necesitaba un hombre, que la mayoría de las veces era un marido.
¡Cómo para no hablar de brecha generacional!
Por eso te pido que tengas paciencia con esa mujer que no logra acompasar muchos de los cambios que se dan hoy día: a cada rato le cambian la moneda o el valor de la misma, las grandes tiendas donde acostumbraba comprar ya no existen y se llenó de hipermercados. Bastante hace teniendo en cuenta todos los cambios y las innovaciones que vivió y que seamos justas, hasta a nosotras nos sorprende ver con qué entereza hablan de "family games", escuchan decir palabrotas o ven a sus hijos y nietos fumar; ni qué decir cuando su hija le dice que se va de viaje con el novio.
Puede ser que las madres de las que lean esta nota y ya sean mayores sean las menos, pero algún día también ellas envejecerán y tú deberás tener esa actitud cariñosa y comprensiva que hoy te indicamos y por los mismo motivos: tú habrás vivido para ese entonces, por ejemplo el pasaje de un siglo a otro con total naturalidad y para ellas habrá sido todo un acontecimiento. Esto sólo por mencionar algo.
No te expreso nada nuevo si digo que su afecto es el único incondicional y permanente. Como es el tuyo con respecto a tus hijos y del cual te sientes tan orgullosa, cuando los paseas luego de terminar tus tareas de ejecutiva exitosa.